La sorprendente historia de Catalina La Grande: Emperatriz murió por su insaciable deseo sexual

Catalina II muere de un ataque al corazón tras ser penetrada por el falo de un caballo.
La sorprendente historia de Catalina La Grande: Emperatriz murió por su insaciable deseo sexual

Sí, podría sonar amarillista, pero podría ser el encabezado del periódico ruso que informó sobre una de las muchas especulaciones que giraban en torno a la muerte de la emperatriz rusa.

"La filósofa del trono", como ella misma se hacía llamar, fue enterrada en San Petesburgo en 1796 y desde ese día los rumores sobre la causa de su muerte comenzaron a brotar como las gotas de una fuente que se basaba en el cuestionable deseo erótico de la emperatriz, quien muchos afirman que murió al no soportar el falo de uno de los caballos a los que tanta pleitesía les tenía.

Así que la emperatriz y su muerte se convirtieron en toda una leyenda de zares por la que Catalina siempre será recordada como la mujer que decidió saciar su arriesgado deseo sexual, llevándola a alcanzar el placer de manera mortífera.

En junio de 1762, Catalina II fue proclamada emperatriz y a partir de ese día, dirigió su nación durante 34 años seguidos, mismos en los que demostró ser una mujer que disfrutaba del conocimiento y la cultura, gusto que diversos historiadores asocian a la educación de ideales de la Ilustración con la que sus tutores la influenciaron; de hecho, la líder del imperio ruso era conocida por la gran colección de arte pictórico y literatura que ella misma había reunido a lo largo de los años.

En sus tiempos libres la emperatriz gozaba de escribir poemas, piezas de teatro y óperas, pero nada le apasionaba más que el acto de disfrutar del placer sexual, por lo que mandó construir una habitación secreta dentro de su palacio para ahí regocijarse en toda clase de encuentros con diversos amantes. El cuarto estaba decorado con muebles, cuadros y esculturas que mostraban o se relacionaban con escenas eróticas y pornográficas que incluían algunas elucubraciones del Marqués de Sade y varias filias sexuales.

Del párrafo anterior aún se guardan algunas pruebas fotográficas que un grupo de soldados soviéticos de la Segunda Guerra Mundial tomaron dentro del palacio de Tsárskoye Seló, donde Catalina II tenía otra "habitación del sexo", en la que guardaba toda clase de juguetes sexuales que comprobaban las extrañas costumbres que la emperatriz tenía como fetiches. Dentro de la colección de Catalina La Grande había vulvas y penes tallados en madera, consoladores y un mobiliario que hacía alusión a algunas escenas eróticas.

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No obstante, para la soberana no todo en la vida era sexo, pues sobre su vida amorosa también se tienen datos importantes que rodean la larga historia que vivió de lado de su esposo, el duque Pedro, con quien se unió en matrimonio desde los 16 años. Pero lejos de lo que se podría imaginar sobre su vida sexual con su propio esposo, la relación entre los adolescentes se caracterizó más bien por una inmadurez de parte de ambos y la impotencia del duque Pedro, así que Catalina decidió sustituirlo por numerosos amantes, entre los que había personajes de la realeza, nobles y cortesanos que le daban todo el placer que su propio marido nunca fue capaz de brindarle.

Después de la muerte de Pedro III, la heredera de la fortuna y el poder político de su exesposo continuó buscando la manera de saciar su interminable libido, el cual, por la época y la posición de Catalina, era muy poco común entre las mujeres de la corte. Pero a ella no le importó en absoluto todo lo que se rumoraba de su promiscuo estilo de vida, de hecho, continuó relacionándose con múltiples amantes hasta 40 años menores que ella.

Desafortunadamente, ni el vigor ni la juventud de un adolescente pudo satisfacerla, por lo que la emperatriz decidió recurrir a la zoofilia, la cual nació de su extenuante atracción por los caballos misma que poco a poco se transformó en una preferencia erótica por el animal y finalmente, en una filia que Catalina contempló como la única manera de alcanzar el orgasmo celestial que ella imaginaba sentir algún día.

Todo comenzó en los corredores de su caballeriza donde vio a un caballo de impresionante musculatura penetrar con su robusta erección a una yegua en celo sobre la que se posaba en sus cuadriles.

Así que ante una tentación irresistible y empapada en una excitación colateral después de ver cómo se frotaba el macho sobre su hembra, de la que sólo lograba ver su crin al aire, Catalina no pudo detener la fantasía voluptuosa que ya le rondaba en la cabeza: aparearse con un caballo era la respuesta eterna a sus demandantes instintos sexuales.

Y así fue. Catalina provocó el encuentro con el animal que deseaba que la penetrara de manera impresionante y fuerte. Tan sólo imaginar ser ella la figura sobre la que posaría parte del imponente cuerpo del semental por el que se dejaría atravesar la llenaba de una satisfacción que aumentaba su excitación, pero ella jamás pensó en las consecuencias que este acto zoofílico podía significar, pues el tamaño del órgano de la bestia por la que se dejó poseer era insoportable para cualquier cavidad humana.

La vulva y los órganos siguientes de la emperatriz se desgarraron, su colón se perforó y el dolor la llevó a sufrir un ataque al corazón fulminante o al menos esa es la versión que convirtió la historia de la amante del placer en una de las más grandes y recordadas de la aristocracia. Además de su trágica y cuestionable muerte el 17 de noviembre de 1796, el reinado de la gran reina se caracterizó por fomentar la educación a través de la creación de escuelas y academias para hijos de la nobleza, más un compilado de historias que corresponden a una mujer apasionada, de intelecto admirable y apetito sexual insaciable.

Catalina La Grande pasó a la historia por la anécdota con la que se cuenta que perdió la vida a los 67 años de edad al dejarse llevar por la voz de su instinto y el alcance de su promiscuidad, pero también por haber logrado la expansión y modernización del imperio ruso durante su reinado.

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PURANOTICIA / CULTURA COLECTIVA 

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